Santiago Alba Rico: “Ese Frankenstein que es España”

Entrevista de EL CONFIDENCIAL, por Esteban Hernández el 26-02-2017.

Enlace al artículo: https://goo.gl/12AhPz


“Castilla ha sido saqueada para mantener vivo ese Frankenstein que es España”

Entrevista a Santiago Alba Rico, uno de los principales referentes de la izquierda española actual, un ensayista de larga trayectoria cuyo último libro analiza los lazos con nuestro cuerpo y con los ajenos. El escritor hace un repaso de la situación socio-política de los tiempos actuales. Abordando el auge de los movimientos populistas de derechas, la fantasía colectiva como solución nefasta a los problemas sociales y políticos, así como la situación moribunda del centro de España, vaciada de su juventud y su potencial.

“Casi todo lo que hacemos en nuestra vida es un intento de dejar atrás nuestro cuerpo, nuestro cuerpo mortal”. Y la época ayuda a que esta pretensión llegue a una de sus expresiones más intensas: los medios permiten una velocidad inusitada, y nuestro sistema político y económico se basa exactamente en esto, en el intento de desligarse de todos los impedimentos sólidos que impiden el flujo acelerado e incorpóreo del capital. Quizá por ello, ‘Ser o no ser (un cuerpo)’, el nuevo libro Santiago Alba Rico acude a los cuentos, las fábulas y los mitos para desplegar sus tesis, relatos que compartían una aventura común, realizados para encontrarse con los otros.
De nuestra relación con el cuerpo, pero también de los últimos giros sociopolíticos, de los cuales Alba Rico es un analista sagaz, crítico y lúcido, ha conversado El Confidencial con quien se ha convertido en uno de los más importantes referentes intelectuales de la izquierda actual.
PREGUNTA. En tu nuevo libro, haces una distinción muy nítida entre fantasía e imaginación. ¿Cuál es su diferencia?

La fantasía tiene que ver con la multiplicación, con creer que puedes saltarte todos los pasos y pasar por encima de todas las criaturas que te separan de ella. Puedes tener una idea abstracta, como es la superioridad de la raza aria, y cuando tienes esa fantasía y los medios para hacerla realidad, acabas matando a millones de judíos, y a gitanos, eslavos, homosexuales, etc. Nuestra sociedad, la capitalista, vive en la fantasía, como es creer que se puede habitar en el crecimiento sin límites, lo que pone en riesgo la supervivencia de la especie.
La fantasía es la locura íntima del poder absoluto. La imaginación es más de andar por casa, es más limitada, tiene sus desventajas, pero se fundamenta en la posibilidad de pasar de un particular a otro, en un recorrido potencialmente coincidente con los límites del universo. Pasa del interés más estrecho y ciego, el que nos une a nuestros hijos, cuyo dolor y placer sentimos como propios, al interés por ese otro hijo que no es el nuestro pero que podría serlo. Es lo que nos permite que cuando vemos una película nos identifiquemos con ese joven desvalido al que meten en la cárcel injustamente. Su dolor pasa a ser el nuestro, y a partir de ese momento entramos en un mundo completamente distinto.
Necesitamos construir un relato que vaya más allá de la identidad nacional, de esas soluciones que en momentos de inseguridad funcionan porque, aun atroces, son soluciones
Cuando domina la fantasía, la imaginación tiende a encogerse. Eso es lo que estamos viviendo hoy. En una sociedad en la que todo el mundo, por unos motivos u otros, se siente amenazado (y por eso han surgido los populismos) la imaginación se contrae en los límites de lo más cercano: no va más allá de la familia o de la identidad nacional, porque “son los míos”. Necesitamos, por el contrario, expandir la imaginación a través de relatos y luchar contra esa fantasía abstracta que cuando tiene los medios para imponerse, como es el caso, resulta muy destructiva.
Una de las aspiraciones más evidentes entre las poblaciones occidentales, y tú lo has señalado en diversas ocasiones, es la seguridad. Los éxitos de Trump o del Brexit tienen mucho que ver con esta necesidad de lo sólido en un mundo demasiado contingente.

No podemos vivir permanentemente en el poder constituyente porque estamos siempre constituidos, y constituidos como cuerpos, lo que supone terminar para siempre con toda utopía de transparencia. Necesitamos construir un relato que vaya más allá de la identidad nacional excluyente y del cierre de fronteras, de todas esas soluciones que en momentos de inseguridad funcionan porque son soluciones; aunque sean atroces, son soluciones. Necesitamos algo que despliegue todas las potencialidades de la imaginación, que no se contraiga en la propia tribu o en la propia nación, porque los procesos de destitución del mundo son globales y lo seguirán siendo en términos económicos. Es preciso un relato gestionado desde la democracia y los derechos humanos y no desde la exclusión y la xenofobia.
Para un pretendido cosmopolita como yo, caer en una tierra como Ávila, donde hace frío y cuyos pueblos son pequeños y sin jóvenes, es el descubrimiento de una curiosa distopía.
Fuiste candidato al senado por Ávila, un buen territorio para conocer la España vacía. ¿Cómo fue la experiencia?

Hace 28 años que no vivo en España de forma estable, y cuando regreso suelo ir a grandes ciudades, a dar charlas y cosas así. Ser candidato por Ávila en las últimas elecciones generales fue como entrar en España por otra puerta. Tengo casa en un pueblo de Ávila, y paso allí periodos veraniegos, con lo que conozco la zona, y aún así me topé con un sitio desconocido en el que nunca había estado. Es una zona muy envejecida, despoblada, con una demografía parecida a la de Rusia o Finlandia. En una España desmemoriada, solo parecen tener memoria estas poblaciones envejecidas, en las que lo político se mezcla a veces con lo reaccionario de una manera inquietante. Se trata de una zona que es la gran víctima de las políticas económicas de austeridad. Para un pretendido y ridículo cosmopolita como yo, caer en una tierra donde hace frío, con pueblos pequeños y sin jóvenes, es el descubrimiento de una curiosa distopía. Puede ser provocador decirlo, y más viniendo de alguien que como yo, cuyo postura sobre el derecho a decidir está fuera de toda duda, pero la verdadera víctima de España han sido Castilla León, Castilla La Mancha y Extremadura, regiones saqueadas y vaciadas para mantener eso que llamamos España. En la época del comunismo soviético, se vivía peor en la URSS que en todos los países satélites soviéticos, lo cual era llamativo, porque el centro del sistema era el que tenía peor nivel de vida. Aquí pasa igual: el núcleo simbólico, el centro de España, vive peor. Ha habido que saquearlo para mantener vivo a un Frankenstein en el que todo el mundo está insatisfecho y para el que no encontramos solución.
Lo que decía Trump generaba un grito de los demócratas y servía para que la izquierda se refugiase en el papel de víctima rebelde.
Estamos viviendo un ascenso evidente del populismo de derechas, lo que resultaba previsible. Pero no lo era tanto que la izquierda haya perdido tanto espacio, quizá porque no ha sabido leer los tiempos, o quizá porque la resistencia que está planteando a gente como Trump es contraproducente.

Esto nos pone en un dilema muy grande. Las manifestaciones contra Trump casi producen felicidad a Trump, porque coinciden con el tipo de campaña que le permitió ganar las elecciones. Cada cosa que decía entonces generaba un grito de los demócratas y servía para que la izquierda se refugiase en el papel de víctima rebelde; y eso mismo, a los sectores blancos empobrecidos, descontentos con las políticas federales, les servía para afirmarse en su apoyo a Trump. Hay que ver el placer con el que Trump firma los decretos a sabiendas de que va a provocar esas reacciones y de que le van a servir para asegurarse el apoyo de quienes le han votado. Y hay que preguntarse si no está buscando estas reacciones.
Hay una bolsa de abstencionistas que no son de izquierdas ni de derechas, y debemos tener cuidado para que se encuentren con la política por la vía del populismo de derechas
Pero entonces, podría preguntarse, ¿qué hacemos? ¿Dejar de protestar? Quizá no, pero hay que empezar a articular otro acercamiento a esas personas a las que no convienen las políticas de Trump, un acercamiento a esos cuerpos que sufren, que sea capaz de modificar esos relatos que contraen la imaginación a los límites más cercanos. Si no somos capaces de dirigirnos a los votantes de Trump en la lengua de los cuerpos, no vamos a revertir este proceso de desdemocratización global que ya sabemos dónde nos conduce. En realidad, han llegado allí porque les hemos llevado nosotros mismos: teníamos que haber construido una alternativa que no fuera elitista y urbana cuando tantas personas se sienten abandonadas por los Estados.
¿Crees que está produciéndose en España de nuevo un descenso del interés por la política?

España siempre ha sido una excepción. De pronto, hubo aquí una repolitización a contrapelo de las que se estaban produciendo fuera, y si queda frenada o deja espacios vacíos, los ocupará el mismo tipo de repolitización que está produciéndose en Europa o en EEUU. Hay una bolsa de abstencionistas que no son de izquierdas ni de derechas, son abstencionistas de todos, cuya distancia tiene mucho que ver con la marginación y con el desprecio de la política, y debemos tener cuidado para que no acabe encontrándose con la política por la vía del populismo de derechas, con relatos parecidos a los que se imponen en otros sitios.
En tu nuevo libro hay una idea evidente del cuerpo como prisión y como fuga. Es quizá algo que no hemos entendido bien de los límites, que funcionan en un sentido y en otro, que constriñen, pero también pueden liberar.

La condición de la liberación es la atadura, son las recaídas. Sin ellas no hay liberación. Es necesaria la atadura para concebir luego la emancipación. Esto tiene que ver con el dolor, con la vergüenza, con el aburrimiento y con la muerte: vivimos en una sociedad que nos prohíbe aburrirnos, que elimina el duelo a través de la psiquiatrización de la vida cotidiana, en la que la muerte queda oculta bajo las alfombras. La gente huía del campo a la ciudad huyendo de los vínculos asfixiantes, y ahora, en una sociedad de consumo altamente tecnologizada, hemos acabado por creer que hemos huido definitivamente, que hemos consumado la fuga. Y no es posible. Los momentos de adversidad que quedan ocultos bajo las alfombras o la forma en que la muerte parece quedar marginada de nuestras vidas, toda esta obsesión que trata de evitar las recaídas, lleva a que no entremos en contactos con las ataduras, así como con los cuidados recíprocos, que es de donde nacen los vínculos liberadores. Sin recaídas no hay liberación.

 

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