Erdogan, el nuevo Atatürk


Erdogan, el nuevo Atatürk

De Recep Tayyip Erdogan el general otomano Enver Pasha habría dicho lo mismo que comentó de Mustafa Kemal Atatürk: “Esté seguro de que cuando sea nombrado general, querrá ser sultán. Y cuando se convierta en sultán, querrá ser Dios”. Erdogan quiere ahora ir más allá que Atatürk, el padre de los turcos, el fundador de la nación. Erdogan será su protector. El referéndum constitucional que este domingo se celebra en Turquía es en realidad una consulta al pueblo para que otorgue el poder a su reis, su beyefendi, su sultán.

 

Su primera gran victoria electoral se remonta a 1994, cuando fue elegido alcalde de Estambul, donde creció en el barrio de Kasimpasa en el seno de una familia trabajadora. A Recep Tayyip Erdogan (1954) le gustó ganar y soñaba con darle al balón en el Fenerbahçe. Su padre, empleado en una línea de vapores, le quitó la idea de la cabeza y se volcó con los estudios. Descubrió sus dotes como orador y su devoción religiosa. Cree en sí mismo sobre todas las cosas y se presenta como un hijo del pueblo turco. “¿Queréis una Turquía fuerte?”, clama en los mítines.

En los últimos 15 años ha participado en 11 elecciones (cinco legislativas, dos referéndum, tres locales y una presidencial) y las ha ganado todas. Fue el primer presidente elegido por el voto popular en 2014. El domingo hace frente a la votación más crucial desde que su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) llegó al poder en 2002, el referéndum sobre la reforma constitucional que le consagrará como el presidente con más poder desde Atatürk.

Mustafa Kemal fue el fundador de la Turquía moderna, secular, la Turquía que deja atrás su pasado otomano y mira a Occidente como una potencia a su altura. Su mito se forjó en la batalla de Galípoli (1915), anticipo de la Guerra de Liberación (1919-1922). Los aliados fueron derrotados tras nueve meses de crudos combates y murieron medio millón de personas. Nació un mito, que aún hoy veneran los turcos.

Erdogan, a quien también llaman Tayyip baba (papá), alimenta ese mito pero quiere trascenderlo. “La gente todavía rinde culto a Atatürk, pero la hegemonía del kemalismo ha terminado. Se ha reemplazado por el erdoganismo”, señala el escritor Mustafa Aykol, en Politico. Erdogan quiere recuperar la herencia islámica y las reminiscencias otomanas, fundar una nueva Turquía y para ello precisa acaparar más poder y forjarse un mito, en su caso será como vencedor del intento de golpe de julio de 2015.

“El mito nacional se ha creado alrededor del 15 de julio que se describe como una segunda guerra de independencia. Erdogan, su supervivencia, la expansión de Turquía, todo refuerza esa necesidad de mito nacional”, explica Asli Aydintasbas, investigadora turca en el European Council of Foreign Relations (ECFR).

Según Aydintasbas, “la idea que se traslada es que Erdogan es el reis, que representa a la gente, y que es el salvador del pueblo, y se refuerza con documentales, películas, apariciones en televisión… quiere desplazar de alguna manera a Atatürk, y cambiar el curso de la república a una entidad menos secular y menos occidentalizada. Muchos de sus seguidores ven en la república kemalista un paréntesis en la historia y quieren la vuelta a la gloria del imperio otomano, una gloria imaginaria”.

La asonada militar del 15 de julio de 2016, que fracasó en pocas horas, es el acontecimiento que Erdogan presenta como el acto heroico equiparable a Galípoli. A las escuelas turcas llegó material educativo nuevo este otoño con vídeos patrióticos como uno en el que se ve una foto de fondo de Atatürk sobre la bandera turca y se escucha la voz de Erdogan recitando la Marcha de la Independencia, o bien otro en el que se recrea la batalla de Galípoli seguida de imágenes del golpe del verano pasado. Queda claro quiénes son los héroes de la patria.

El plan golpista fracasó, Erdogan sobrevivió y llamó a la población a salir a las calles en su apoyo. Decenas de miles acuden en defensa de “la república y la democracia”. Murieron unas 250 personas y 1.500 resultaron heridas. Más de 10.000 personas fueron detenidas, la mayoría militares, y se desencadenó una purga que parece interminable y que ha afectado a gran parte de la sociedad civil. Miles de académicos, funcionarios, policías… fueron defenestrados. Unos 150 medios de comunicación críticos se cerraron y más de un centenar de periodistas están encarcelados.

Erdogan culpó del golpe a su antiguo aliado Fethullah Gülen, clérigo musulmán fundador de una cofradía llamada Hizmet (el servicio), exiliado en EEUU. Apresó a todo aquel sospechoso de ser gulenista, pero muchas veces una mera denuncia sin más confirmación servía para desencadenar un proceso judicial. Una decena de rivales políticos, entre ellos el líder del Partido Democrático de los Pueblos (HDP), Selahattin Dermitas, también están entre rejas.

Eduard Soler, investigador del CIDOB de Barcelona, explica cómo “una de las paradojas de Turquía es que Erdogan acumula cada vez más poder y a la vez se siente amenazado. Él y personas de su círculo más íntimo creen que hay una conspiración de alcance global para echarle del poder. Desde esta perspectiva, los enemigos de Erdogan son los enemigos de la nación. Destruyéndole a él quieren debilitar o incluso dividir Turquía. Por todo ello han ido impulsando la idea de que Turquía vive circunstancias excepcionales, con amenazas excepcionales y que precisamente por ello la Presidencia necesita más poder para combatirlas mejor”.

El referéndum constitucional, una reforma que lleva años planteada pero sin ejecutarse, resulta oportuna ahora para que Erdogan ejerza esa presidencia fuerte. Las 18 enmiendas propuestas lograron el apoyo de la mayoría de la asamblea nacional, pero no de los tres quintos, por lo que es necesaria la ratificación del pueblo. La reforma constitucional transfiere gran parte del poder ejecutivo al presidente, que nombrará a los ministros, suprime la figura del primer ministro, y podrá elegir a seis miembros del Alto Consejo de Jueces y Fiscales.

También decidirá sobre el estado de emergencia, aunque se someterá la cuestión al Parlamento. Aumenta el número de diputados a 600 y ejercerá el poder legislativo aunque el presidente también podrá promulgar decretos. Con tres quintas partes de los diputados se puede promover una investigación del presidente. Insisten en comparar este sistema presidencialista con el estadounidense, pero carece del sofisticado sistema de contrapesos (check and balances) del americano.

Según el proyecto, se celebrarán elecciones legislativas y presidenciales (serían cada cinco años y siempre a la vez) en noviembre de 2019. El presidente, que deja de ser neutral, puede ser elegido por dos periodos consecutivos, de modo que Erdogan se mantendría en el poder hasta 2029, cuando ya tendrá 75 años, de seguir su racha victoriosa.

Erdogan se ha lanzado a recorrer el país a defender el . Considera vital cada voto, como se vio cuando defendió a ultranza que ministros de su gabinete hicieran campaña en Europa. Arremetió contra la canciller Angela Merkel y llamó nazi al primer ministro holandés, Mark Rutte, entonces inmerso en un complicado proceso electoral por rechazar la idea. Además de atraerse a los millones de turcos residentes en países como Alemania y Holanda, trataba de consolidar su imagen de líder fuerte que no se deja amilanar por los europeos.

Para lograr la victoria tiene a su favor toda la maquinaria del Estado, que se hace patente en los minutos en televisión de los diversos partidos. Hasta el 30 de marzo el AKP de Erdogan contaba con 4.113 minutos en antena, mientras que el Partido Republicano del Pueblo (CHP), con un 25% del voto en las pasadas elecciones, apenas 216 minutos. Los kurdos del HDP apenas llegaron al minuto. CHP y HDP apoyan el no en el referéndum y durante la campaña les han tildado de “terroristas”.

Resulta curioso que los kurdos y los nacionalistas pueden decidir el resultado. Erdogan estuvo el fin de semana pasado en Diyarbakir, la capital del Kurdistán, en un mitin en el que prometió inversiones en reconstrucción. Los kurdos, unos 15 millones de una población de 80 millones, han sufrido cómo ha llegado la guerra a las ciudades tras el fracaso de las negociaciones de paz de 2015. En junio de 2015 el HDP logró 80 escaños en el Parlamento, pero tras la purga del golpe ha quedado diezmado.

“La guerrilla cometió el error de llevar la guerra a las ciudades y eso ha causado mucho sufrimiento, más de medio millón de desplazados… El gobierno pretende aprovechar ese descontento para arrancar votos del sector más tradicional y más religioso. A eso se suman que están poniendo problemas a los compromisarios del HDP y sin ellos podrán hacer lo que quieran”, explica Manuel Martorell, autor de Kurdos (editorial La Catarata).

Entre los nacionalistas del Partido del Movimiento Nacionalista (MHP) también hay una división y Meral Aksener, veterana en la política turca, lidera la facción del no al referéndum. Aksener ve un riesgo poner el destino de la república en las manos de una sola persona. Aunque el MHP cuenta con un 12% del apoyo electoral, su papel puede decantar la balanza. Una empresa de sondeos independiente anticipaba la victoria de Erdogan según 15 encuestas por un 53% de los votos.

“Si gana, va a crear un nuevo régimen y será en torno a su figura. El problema es si tiene un margen  muy estrecho, lo que no sería suficiente para estabilizar un régimen, ya de por sí frágil. Turquía no presenta condiciones para establecer un régimen absolutista”, explica Erhan Kelesoglu, investigador turco, que fue defenestrado en la reciente purga. “Lo que quiere Erdogan es mantenerse en el poder, pero no hay que olvidar que la mitad de la sociedad no le apoya”, añade.

Coincide Eduard Soler en que “los turcos están divididos sobre lo que representa Erdogan y sobre cómo debe gobernarse el país. Turquía es mucho más que Erdogan. El reforzará la idea de que su forma de gobernar cuenta con el respaldo popular. Si se aprueba la reforma, desacreditarán cualquier crítica en nombre de la voluntad popular”.

En política exterior, sería conveniente que la escalada con la UE no fuera a más, “dada la interdependencia de las dos economías”, según Aydintasbas, quien confía que una victoria ajustada o un no le lleve a reconsiderar su actitud combativa. Para Soler, “las relaciones de Turquía con la UE continuarán marcadas por la tensión… En estos momentos ya no estamos hablando de si Turquía va a reabrir las negociaciones de adhesión sino de si está en riesgo el actual nivel de cooperación entre Turquía y la UE”.

Para el investigador turco Erham Kelesoglu, “Turquía seguirá el mismo curso como aliada de la OTAN y aliada de EEUU”, y señala para avalar su tesis cómo ha apoyado Erdogan el bombardeo de EEUU después del ataque del régimen sirio sobre Idlib. “Turquía ha tomado parte claramente con EEUU contra Rusia e Irán”, subraya. El acercamiento reciente a Putin choca con la realidad sobre el terreno sirio, pero es momento de alianzas circunstanciales más que eternas.

La Nueva Turquía que sueña Erdogan se forja con los mimbres de esta consulta del domingo. Es la Turquía de un sultán que vive en el Palacio de las Cinco Colinas, con mil habitaciones y búnkeres secretos. Desde allí concibe sus proyectos “enloquecidos” como el aeropuerto más grande del mundo. Ve su megalómana residencia, un Versalles otomano, como símbolo de su victoria. En el umbral de la puerta puede leerse una frase del Corán: “¡Paz sobre vosotros, por haber tenido paciencia! ¡Qué agradable será la Morada Postrera!”


Resultados de referendum a 16/04/2017:

EVET (SÍ)HAYIR (NO)

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