Crónicas de nuestro ocaso. #3 La semilla

  • AUTOR: Gontran Patrick Dutoya

Crónicas de nuestro ocaso. #3 La Semilla

En esta serie de artículos de opinión se presentarán aspectos oscuros de nuestra época, poniendo de manifiesto la fina línea que separa nuestra civilización del progreso de la barbarie autodestructiva que sigue formando parte de nuestro ADN.

 

El Odio. Una palabra maravillosa que llena los canales de comunicación y que están en boca de todos. Un termino que tiene viento en popa y que esta ganando cada vez más protagonismo en la esfera pública y política. ¿Por qué?

Ante todo, y para escapar de la nuevalengua, veamos la definición de esta palabra:

  1. Sentimiento profundo e intenso de repulsa hacia alguien que provoca el deseo de producirle un daño o de que le ocurra alguna desgracia.
  2. Aversión o repugnancia violenta hacia una cosa que provoca su rechazo.

Hasta aquí imagino que no sera nada nuevo para nadie. Entendemos pues que el odio podría ser este sentimiento de deseo de que algo o alguna persona no sea, no exista. No nos engañemos, por desgracia siempre ha estado presente en la humanidad, en la civilización: bien sea por motivos de religión, raza, cultura, etc… Y es un sentimiento que podemos tener de forma instintiva hacia ciertas cosas que nos generan sensaciones desagradables, de aquí el concepto de fobia: aversión.

Lo curioso es como se están empleando la palabra odio y las palabras sufijadas por phobia. El derecho ha contemplado estas nociones de odio y fobia y ha elaborado leyes y recursos para reprimir actos que puedan conllevar esta semilla. Son los famosos “delitos de odio”. Sobre el papel, por supuesto que parece una excelente iniciativa, protegiendo colectivos y personas de estos delitos. Si nos referimos a la definición que podemos encontrar en la página web del ministerio de interior:

 “(A) Cualquier infracción penal, incluyendo infracciones contra las personas o las propiedades, donde la víctima, el local o el objetivo de la infracción se elija por su, real o percibida, conexión, simpatía, filiación, apoyo o pertenencia a un grupo como los definidos en la parte B;

(B) Un grupo debe estar basado en una característica común de sus miembros,  como su raza real o perceptiva, el origen nacional o étnico, el lenguaje, el color, la religión, el sexo, la  edad, la discapacidad intelectual o física, la orientación sexual u otro factor similar.” (OSCE, 2003)

Lo primero que nos llama la atención, es que un delito de odio, ante todo, debe ser un delito penal y una infracción de la ley. Y lo segundo, es que estamos hablando de un grupo de personas que comparten ciertas características.

Pues bien, lo curioso es que hace escasos meses, esta definición de de delito de odio estipulaba que podía ser delito de odio cualquier “incidente”, aún que no se trate de una infracción penal. Las implicaciones de este pequeño pero significativo matiz las podemos encontrar en acontecimientos recientes. Un incidente que pueda llevar implícito el odio es altamente interpretativo por lo que nos encontramos las siguientes situaciones.

Primero, el odio puede servir de maquillaje para condenar, reprimir y estigmatizar cualquier crítica o cuestionamiento acerca de alguna cuestión, y en general, es usado por el poder precisamente contra aquellas criticas que le pueden perjudicar o deslegitimar. Un ejemplo claro: personas que se quejan del exceso de pisos turísticos, del efecto que tienen en los alquileres y de la especulación que dificulta la posibilidad de encontrar una vivienda digna, del impacto del turismo en masas en la calidad de vida y la contaminación acústica y material que puede generar… serán señaladas como turistofobos, es decir, personas que tienen turismofobia y por tanto, odian a los turistas. Cuando en realidad son personas que emiten una crítica legítima sobre el impacto del turismo masificado y descontrolado en su calidad de vida y en la de sus barrios. Ni de lejos estamos hablando de un Sentimiento profundo e intenso de repulsa hacia los turistas, que provoca el deseo de producirles un daño o de que les ocurra alguna desgracia . Lo curioso es que tanto los medios como las instituciones señalan estas personas y condenan esta turismofobia artificial, en vez de prestar atención a estas críticas y intentar buscar soluciones al problema. En conclusión, el odio sirve para silenciar colectivos y personas que denuncian problemas reales, para así estigmatizarlos y desviar el foco del problema real de fondo, que es precisamente aquel que es criticado por aquellos y aquellos que padecen estas ridículas acusaciones de seudofobias.

En segundo lugar, el odio es como una planta que hay que cuidar y alimentar para que crezca. Y parece que las instituciones y los medios se regocijan alimentandolo. Todos hemos visto como en los últimos meses la gran mayoría de medios han promocionado el odio entre personas de diferente índole política. Y los políticos y otras figuras públicas han participado alegremente, cuando su tarea moral seria apaciguar esta animosidad buscando el respeto, la comprensión y la empatía entre los colectivos enfrentados. En este combate de acusaciones, se ha usado toda la maquinaria mediática para calificar de odio reclamaciones del todo legítimas. No nos engañemos, el poder, desde tiempos inmemoriales, ha usado el odio para dominar a los pueblos, o bien enfrentándolos entre ellos en tiempo de paz, o bien apuntando a otros a quienes odiar para consolidar el poder y impulsar conquistas e invasiones. Desde siempre, el odio ha sido una de las herramientas más eficaces del poder y de las élites, y por esta razón vemos muy a menudo como muchos revolucionarios han abanderado la fraternidad, el amor, la cooperación y la empatia, desde Jesús hasta Ghandi.

Siempre encontraremos personas que tienen un enfoque de la vida totalmente distinto al nuestro. Compartiendo, dialogando y cooperando nos enriqueceremos mutuamente, siempre. Odiandonos sólo perdemos. Perdemos un posible amigo, un posible socio, un posible hermano Se nos ha incitado siempre a odiar aquello que no entendemos o aquello que es diferente. Como hombres y mujeres libres debemos romper estas cadenas del odio y aprender a apreciarnos pese a nuestras diferencias.

Pues como conclusiones, la semilla del odio se puede alimentar para que este crezca y se multiplique, a menudo escondiéndolo bajo lemas como “defender la patria” o “Luchar para sobrevivir”, como excusa para erradicar aquellos que son diferentes. Y por otro lado, se puede usar la etiqueta del odio para estigmatizar cualquier crítica que no interese a los poderes y las élites. El Odio, pues, es sin duda una de las palabras más peligrosas de la nuevalengua, pues se usa según convenga: justificar la violencia y condenar la crítica, o omitir un odio real bajo conceptos artificiales.

Nadie nos obliga a odiar.

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