Arturo del Villar: La República Federal Ibérica según Pi i Margall

La República Federal Ibérica según Pi i Margall

 

Un tema recurrente en la política española es el de las nacionalidades, entendido por algunos ideólogos de derechas como manifestación de un peligroso separatismo independentista desintegrador, pese a ser otro concepto diferente. Cuando confluyen definiciones enfrentadas de un solo concepto, es imposible un diálogo constructivo, puesto que las palabras ofrecen diversos significados para cada interlocutor. En estos mismos momentos se produce esa disonancia, cuando se proponen modelos de un Estado español en el que tengan representación las nacionalidades independientes que en la actualidad conforman el reino de España y la República de Portugal.

Por supuesto, para que exista una autonomía plena de las nacionalidades resulta forzosa la implantación previa de la República. La monarquía es inevitablemente centralista, puesto que es la persona del rey la integradora de la noción de la patria una e indivisible. Durante siglos se entendió que el monarca reinaba por derecho divino, y representaba al reino, que en consecuencia era uno e indivisible, como lo es siempre una persona. La independencia de una región geográfica equivaldría a la amputación de un órgano en la real persona. De ahí se deduce que el rey sea tenido por inviolable e irresponsable en cualquiera de sus actos, incluso los ajenos a la gobernación del reino.

Semejante supuesto conlleva un autoritarismo pleno, que en nada se diferencia de una dictadura. Los españoles que sufrimos los 36 años de dictadura personal, entre 1939 y 1975, lo sabemos muy bien. En ese período aciago España estaba constituida en un reino sin rey, regido por un dictador con plenos poderes absolutos emanados de su victoria tras una guerra consecuencia de un golpe de Estado militar. La dictadura se sucedió en un reino instaurado por la voluntad omnímoda del dictadorísimo, sin otro cambio que el nombre de la persona dirigente y el de su cargo. La patria queda considerada una e indivisible, encarnada en la persona del jefe supremo indiscutido e indiscutible del Estado.

En esos regímenes autoritarios, en virtud de su concepción, resulta imposible la autonomía de las nacionalidades peculiares agrupadas en torno a la persona del dictador o rey. Solamente la República garantiza el disfrute de las tradiciones e intereses de cada nacionalidad, libremente federada mediante un pacto con las demás. Esta idea se halla arraigada en la conciencia colectiva de los pueblos, pero los absolutistas se niegan a reconocerla.

 

La explicación de Pi  i Margall

Una exposición histórica, jurídica y filosófica del concepto nacional desde la perspectiva española se encuentra detallada en los ensayos publicados por Francisco Pi i Margall en el siglo XIX. Si se hubieran tenido en cuenta, el constante problema español estaría resuelto, pero no encontró apoyos suficientes. Cuando presidió el Poder Ejecutivo de la República Democrática Federal, durante un par de meses de 1873, tuvo que enfrentarse a la oposición de las variadas ideologías republicanas, que hacían ingobernable el Estado. Por eso no se resolvió el problema español, y todavía hoy sufrimos las consecuencias.

Sin embargo, tiene una clara solución expuesta en el que es su ensayo más alabado y reeditado, Las nacionalidades. El prólogo está fechado el 14 de noviembre de 1876, y apareció impreso al año siguiente en Madrid, a cuenta de la Imprenta y Librería de Eduardo Martínez. Sigo la tercera edición, hecha en Madrid en 1882 en la Imprenta de Enrique Rubiños, indicando su paginación.

Se divide en tres libros. El primero expone los “Criterios para la reorganización de las naciones”, que relata basándose en su historia, con especial atención a la unificación alcanzada por los diferentes estados agrupados para constituir Alemania e Italia. Examina las diferencias raciales, y razona que portugueses y españoles compartimos afinidades “de raza, de lengua, de instituciones, de ideas, de tendencias”, por lo que cree factible la unión de ambos estados como ya lo estuvieron antes, pero de otra manera: no por la voluntad del rey, sino por el pacto federativo.

El segundo libro lleva por título “La federación”, y contiene la exposición doctrinal de sus ideas en torno a ese tema fundamental. Empieza por definir el concepto:

La federación es un sistema por el cual los diversos grupos humanos, sin perder su autonomía en lo que les es peculiar y propio, se asocian y subordinan al conjunto de los de su especie para todos los fines que les son comunes (página 113).

Pasa revista seguidamente a las diversas competencias del poder federal, sin distinguir entre federación y confederación, palabras que parecen iguales en su escrito. Así se puede leer en la página 127 que “la federación debe respetar en la vida interior de los pueblos que se confederan la autonomía de que gozaban al confederarse”. Reconoce tres únicos poderes independientes, legislativo, ejecutivo y judicial, aunque con una mutua dependencia.

 

La nación española

El tercer libro, “La nación española”, es el más amplio y el más interesante para sus lectores hispanos. Se refiere a la historia peninsular desde la conquista romana, para señalar cómo se fueron uniendo los diversos reinos independientes bajo un cetro común, hasta que en 1665 se rompió la unidad con la separación de Portugal. Durante la invasión francesa quedó demostrada la idoneidad del principio federal, cuando se constituyeron juntas provinciales para enfrentarse al ejército napoleónico, con una Junta Central Suprema integrada por dos representantes de cada provincia. También en 1868 se establecieron juntas provinciales que proclamaron las libertades públicas por primera vez en España, tras la Gloriosa Revolución de setiembre.

En el capítulo XV se fijan los límites para la autonomía de las provincias y de los municipios, y se llega al punto principal del ensayo, que es el federalismo. Así lo define Pi i Margall:

Federación viene del nombre latino foedus, que significa pacto, alianza. No la puede haber sin que los contratantes sean libres, es decir, sui juris. La federación supone por lo tanto necesariamente igual y perfecta autonomía en los pueblos para constituir las provincias; igual y perfecta autonomía en las provincias para constituir las naciones; igual y perfecta autonomía en las naciones para constituir imperios o repúblicas, latinas, europeas, continentales. Sin esto no hay federación posible; fuera de esto no hay más que el principio unitario (página 295).

Había llevado a la práctica sus principios doctrinales entre mayo y julio de 1869, al conseguir que se firmasen cinco pactos federales entre regiones, culminados el 30 de julio con la firma del pacto federal nacional. En opinión de Pi, las regiones según su antigua denominación, o los estados según el nuevo concepto, suscriben un pacto sinalagmático que preserva su libertad, y les libera del centralismo usurpador de sus derechos. Así todos obtienen más de lo que ceden, garantizándose la capacidad propia de decisión y la defensa de unos intereses comunes.

La oposición de los republicanos unitarios fue total, y es comprensible, pero no lo es el enfrentamiento surgido entre los republicanos federales a a propósito del pacto interregional. Se produjo una discusión entre federación y confederación que dio lugar a la inviabilidad del proyecto federativo. Es una constante en el republicanismo español, ya que existen tantos conceptos de república como republicanos hay, lo que hace imposible el acuerdo. En el supuesto de considerar republicanos a quienes trabajan en contra de la implantación y consolidación de la República, sea cual fuere su apellido. Por ese motivo llevamos un retraso de siglo y medio en el intento de solucionar el candente problema español.

 

El miedo a la disgregación

Los republicanos unitarios se oponían a la federación, porque opinaban que llevaría inevitablemente a la disgregación de la patria: a su juicio, se iba a deshacer la unidad nacional, creando varias pequeñas naciones independientes federadas mediante un pacto. Deducían que ello implicaba la ruptura de la patria de manera inexorable. Por saberlo, Pi se apresuró a replicar a esa crítica con un argumento que derivaba de una pregunta con respuesta negativa:

¡La disolución de la patria! Los lazos que unen la nación ¿son, pues, tan débiles a los ojos de esos hombres que basta a romperlos o desatarlos un simple cambio de base en la organización del Estado? Si las naciones no tuviesen otra fuerza de cohesión que la política, después de los graves sacudimientos por que han pasado sólo en lo que va de siglo estarían ya todas deshechas. Resisten y viven porque las sujetan vínculos cien veces más fuertes: la comunidad de historia y de sentimientos, las relaciones civiles y los intereses económicos (página 296).

El ensayo de Pi se enriqueció con unos apéndices en los que se incluían las constituciones de los países federales, y en la tercera edición, la que seguimos, se añadió otro más, titulado “El pacto”. Anuncia cómo se deberá aplicar en España, si algún día se ponen en práctica las ideas federales:

Cuando se organice España según nuestro sistema, el pacto, por ejemplo, será el espontáneo y solemne consentimiento de nuestras regiones o provincias en confederarse para todos los fines comunes bajo las condiciones estipuladas y escritas en una Constitución federal. […]

Incurren, a no dudarlo, en gravísima contradicción los que, diciéndose federales, niegan el pacto. Negar el pacto es sobreponer la autonomía de la nación a las de la provincia y el municipio, cuando a la luz de nuestras doctrinas todo ser humano en su vida interior es igualmente autónomo (páginas 445 s.).

 Con Las nacionalidades quedó sistematizado el pensamiento de Pi en torno al federalismo, por lo que está considerada su obra doctrinal más notable. Reeditada el mismo año de su aparición, se continúa imprimiendo en español y en otros idiomas, lo que implica que se lee, según se desprende de la lógica editorial. Sin embargo, no se intenta poner en ejecución su desarrollo práctico. Parece que está considerado un texto clásico de doctrina política, y nada más, algo así como La República de Platón, sin ninguna vigencia.

Pero la doctrina pimargalliana está viva, porque la cuestión inspiradora queda pendiente de resolver. Las dos épocas republicanas de nuestra historia fueron truncadas por otras tantas sublevaciones militares, que malograron sus intentos de consolidar un régimen de libertades individuales y colectivas, en el que confluyeran los intereses de todos los ciudadanos integrantes de sus nacionalidades. Los estados europeos evolucionaron a lo largo del siglo XX, y en su mayoría se convirtieron en repúblicas. Por el contrario, en España ha habido una involución permanente, que perpetúa lo que llaman los tratadistas constitucionales el problema español.

Sería muy sencillo resolverlo. Las pautas para solucionarlo quedaron expeditas por Pi i Margall. Lo único que hace falta es voluntad para aplicarlas. La historia de España parece un enorme círculo vicioso, en el que se confunde pasado y presente. Ahora hemos caído en una situación temporal anterior a 1868.

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