José Antonio Díaz Rojo: Lengua, cosmovisión y mentalidad nacional

Lengua, cosmovisión y mentalidad nacional

 

Es un artículo muy extenso. A continuación sólo compartiremos las consideraciones finales del autor.

 

Consideraciones finales:

 

La lengua refleja la cultura, es decir, las creencias, los valores y las actitudes culturales propias de mentalidades, visiones del mundo e ideologías diversas. Una lengua no contiene una sola cosmovisión o cultura correspondiente a un único grupo o colectividad humana. Una lengua es el sedimento histórico de la influencia que sobre la conceptualización semántica del mundo externo ejerce la cosmovisión de las distintas generaciones y de los distintos grupos sociales y comunidades culturales que hablan dicha lengua. El vocabulario puede ser reflejo, aunque indirecto y parcial, de una mentalidad o visión del mundo mantenida por una comunidad más o menos homogénea y cohesionada. No creemos que pueda tomarse globalmente el léxico de una lengua y relacionarlo con una supuesta mentalidad común a todos los hablantes, considerada también globalmente, estableciendo una relación biunívoca.

Esta mentalidad o cultura única de toda una comunidad lingüística es, para nosotros, inexistente en lenguas habladas por comunidades culturales muy extensas geográficamente, heterogéneas y diferentes, como es el caso del español. Existe la tentación de explicar la «psicología nacional», la «psicología cultural» o la «psicología social» a partir de las distinciones léxicas de una lengua. El hecho de que en la terminología del parentesco del español general o estándar no exista una palabra para designar al tío político y sí exista para el padre político (suegro) –por escoger un campo semántico muy utilizado en lingüística antropológica–, no implica que un labrador castellano, una profesora chilena, un obrero argentino, un dependiente peruano, un pintor colombiano, una ejecutiva mexicana, un funcionario uruguayo o un escritor dominicano compartan necesariamente una misma visión de la familia y de las relaciones sociales.

No existe una correlación o conexión causal entre lengua y cultura. Entre ambas existe una relación estrecha, pero no de tipo determinista, pues el hombre es siempre libre en sus actos. Los hechos lingüísticos siempre acontecen de forma libre y son producidos por el hablante, que está movido por fines concretos, aunque pueda estar influido, nunca predeterminado ciegamente, por los conocimientos, las creencias y los valores propios de su cultura. El lenguaje no está, pues, regido por la necesidad, sino por la libertad y el azar.

La lengua es un sistema simbólico, cognitivo y comunicativo muy importante, pero no el único, ya que el hombre dispone también de otros códigos semióticos de representación y comunicación extralingüísticos, como la pintura, la escultura, los lenguajes formales, los sistemas de signos no lingüísticos, etc. No estamos de acuerdo con un linguocentrismo extremo, para el que la lengua es la esencia de la cultura y según el cual la cultura es inexistente descontextualizada lingüísticamente.

Muchos de los fenómenos lingüísticos que pueden atribuirse a causas culturales se pueden explicar por razones estrictamente lingüísticas, como son la influencia del sustrato, los calcos, la analogía gramatical, la deixis, la concordancia, etc. Así, los pronombres posesivos del español no reflejan nuestra supuesta mentalidad posesiva de la naturaleza (el hombre como dueño y señor del mundo). No expresan la idea de ‘propiedad’ sino que se trata de simples morfemas deícticos que expresan la noción de ‘relativo a una persona’. El hecho de que podamos aplicar mi a nuestra esposa (mi mujer) no significa que necesariamente todos los hablantes del español poseamos una visión de la mujer como objeto de nuestra propiedad, sino simplemente estamos marcando la idea de ‘la mujer relativa a mí’. 

En un corte sincrónico o estado de lengua concreto existen palabras heredadas de épocas anteriores, que encierran vivencias, creencias y valores pretéritos, que nada tienen que ver con el presente. Podemos aislar rasgos culturales contenidos en palabras actuales que son, en realidad, rasgos que pertenecen a cosmovisiones pasadas sin vigencia alguna, y atribuirles erróneamente el valor de muestra de la cultura actual. Existen, pues, palabras y expresiones conservadas incluso después de que las creencias culturales por las que se crearon han perdido vigencia.

Toda lengua carece de determinadas palabras concretas para algunos conceptos, pero no por un defecto intrínseco de las lenguas, sino porque sus hablantes no han sentido la necesidad de nombrar dichos conceptos, no han mostrado interés por lexicalizarlos o porque el azar no ha contribuido a crear palabras para designar dichos conceptos. La inexistencia de una palabra para designar un concepto en una lengua no implica que necesariamente en la cultura de sus hablantes no sea relevante dicho concepto y mucho menos que sean incapaces de concebirlo.

La necesidad o relevancia cultural es solo un factor determinante más en la lexicalización o establecimiento de categorías lingüísticas que designan referentes para la vida social y cultural de una comunidad. Lo relevante etnolingüísticamente es el origen de cada distinción léxica, que reflejaría la mentalidad del individuo que la creó, así como el proceso de difusión, que sería un signo del contexto cultural y social. Para extraer algún dato etnolingüístico de la existencia de un campo semántico, debemos analizar los valores culturales que subyacen a la creación de cada palabra. Así como la innovación y difusión de una palabra reflejan hechos culturales más bien conscientes, su conservación es un mero acto de imitación inconsciente sin significado etnolingüístico preciso. Por su parte, la desaparición de una palabra o la pérdida de una distinción semántica, como nuevo hecho de innovación léxica, vuelven a ser reflejo de valores culturales o sociales. Además debe tenerse en cuenta el grado de conocimiento y la frecuencia de uso de las palabras del campo léxico. Aunque estas se encuentren en el diccionario como vivas y estén disponibles para el hablante, si se usan con poca frecuencia, las distinciones semánticas puede que sean aún menos relevantes culturalmente.

La lengua no es un producto de las clases sociales que cambia de manera determinista e inexorable con las transformaciones sociales y políticas. Las categorías lingüísticas no están determinadas por las categorías ideológicas, gracias a una unidad dialéctica entre lengua y pensamiento. No pueden aplicarse al funcionamiento del lenguaje las leyes históricas del materialismo, según las cuales los cambios de las estructuras sociales y económicas producen cambios en la estructura de las lenguas. Así pues, a cada período histórico o estadio (esclavismo, feudalismo, capitalismo, socialismo) no le corresponde un tipo lingüístico distinto. Por tanto, dos lenguas tipológicamente afines no corresponden a dos sociedades que se encuentran en el mismo estadio de desarrollo social y están organizadas conforme a un similar modo de producción. La lengua refleja las transformaciones sociales de la época, pero de manera muy compleja y a veces paradójica.

 

 

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