Xavier Domènech: “Necesitamos una estrategia republicana conjunta”

 

Xavier Domènech: “Necesitamos una estrategia republicana conjunta”

 

Xavier Domènech regresa a la historia con “Un haz de naciones. El Estado y la plurinacionalidad en España (1830-2017)”, un ensayo que apuesta por el republicanismo confederal, y rastrea sus orígenes y devenires como alternativa popular al Estado monárquico y centralista de las clases dominantes.

 

Cuenta Xavier Domènech (Sabadell, 1974) en su libro que en las elecciones generales de 2016, las segundas realizadas tras el inicio del bloqueo político, acabado un mitin en Hospitalet un hombre mayor se le acercó, “me puso las manos sobre los hombros y una sola frase brotó de sus labios: Gracias, jamás había ganado. Lo dijo llorando”. Tras casi cuatro años representando a los Comunes catalanes en el Congreso de Madrid y el Parlament de Barcelona, regresa a su viejo oficio de historiador, con un ensayo histórico en el que vuelca sus reflexiones sobre la cuestión nacional, el Estado y las izquierdas en España. Casi 400 páginas que van del siglo XIX y la revolución liberal, a las dos repúblicas, la lucha antifranquista, la Transición, el auge y declive del Estado de la autonomías, el Procés y la revuelta de la España vaciada.

Tendente a lo hiperactivo, Domènech ha simultaneado el regreso a la Universidad y la escritura del libro, con la puesta en marcha del Institut Sobiranies, un “think tank” en el que participan personas procedentes tanto del mundo de los Comunes, como de la CUP, Anticapitalistes o los movimientos sociales.

 

– Creo que la principal tesis del libro es esa idea de que en el siglo XIX se establece en España una relación íntima, muy profunda, entre Monarquía, centralismo y oligarquía, que llega hasta hoy. Lo veo como una especie de “aviso de navegantes” para toda esa izquierda española con tentaciones “jacobinas” o que considera que lo del derecho a decidir o el federalismo son asuntos que no van con ella…

El Estado centralista fue una de las herramientas clave de las clases dominantes para desarrollar el capitalismo en España. En el libro me pregunto cómo uno de los lugares, como era España, con más diversidad cultural y espacios políticos de Europa a principios del XIX pudo devenir en uno de los Estados más centralistas del continente. Fueron esas clases dominantes las que llegan a la conclusión de que para desarrollar un proyecto profundamente desigual en lo económico y lo social necesitaban de un Estado blindado a la población y con voluntad de control territorial desde el centro. Además, para consolidar y legitimar ese Estado monárquico, liberal y no democrático, a falta de derechos, van a optar por un nacionalismo español homogeneizador muy conservador y reaccionario, que toma la cultura castellana casi como única referencia cultural del Estado. Claro está, este tipo de operaciones no son algo específico de España, sino que son comunes a casi todas las construcciones de Estados nación. En Francia solo una minoría hablaba francés a principios del XIX, y en Italia solo el 2,5% de la población eran hablante de italiano cuando se produce la unificación. A eso en otras partes del mundo se le llama construcción étnica del Estado. Se consigue por métodos coercitivos, por ejemplo en la escuela, castigando a los niños cuando no hablan castellano.

– También se pegaba a los zurdos por no usar la derecha.

Ya, pero contra los zurdos no se hacen leyes continuadas, y para imponer el castellano como lengua obligatoria en la escuela, sí. Otra cosa es que el proyecto fracase, y esas lenguas, como los diferentes espacios territoriales con identidad propia, por diferentes razones, sobrevivan mejor que en Francia o Italia a los intentos de eliminación por parte del nacionalismo de Estado.

– Planteas en Un haz de naciones que todos los proyectos revolucionarios españoles del XIX han tenido un fuerte componente federal o confederal, aunque no siempre se expresara con esas palabras.

Sí. La paradoja española es que mientras que en el resto de Europa la lucha contra Napoleón va a favorecer el reforzamiento del Estado absolutista, en España el Estado se derrumba, los Borbones pactan con el invasor, y la resistencia popular va a ser organizada de forma autónoma por las juntas provinciales que toman como referencia los antiguos reinos y provincias históricas. La memoria de esas viejas demarcaciones territoriales e institucionales que también llevaban asociadas sentimientos de pertenencia, y rasgos culturales y lingüísticos, aún estaba muy viva en el momento de la invasión napoleónica. Esas juntas provinciales y de los antiguos reinos se federan luego en una Junta Suprema Central.

“El mapa de la CNT se superpone casi completamente con el antiguo mapa del republicanismo federal en España”

 

Ese modelo de construcción de abajo a arriba del Estado que se da en la Guerra de la Independencia, va a ser luego el de la revolución de 1820 y el de todos los movimientos revolucionarios que vengan después. A lo largo de todo el XIX la alternativa popular que se va a ir configurando a ese Estado monárquico y centralista tan excluyente en derechos, será un Estado republicano, democrático, federal o confederal y con un fuerte componente socializador y redistribuidor de la riqueza y la propiedad. El primer socialismo y comunismo español es inseparable de estas ideas republicanas, democráticas y confederales o federales. Cuando Engels opina sobre España escribe diciendo que el principal socialista español es Pi i Margall.

 

Portada de ‘Un haz de naciones’, el ensayo de Xavier Domènech.


– La I República es entonces la oportunidad perdida de darle vuelta como un calcetín a ese Estado diseñado por las élites a principios del siglo.

La I República es un proyecto de redistribución de la riqueza y del poder territorial, de reconfiguración completa del Estado. No es casual que los tres únicos presidentes catalanes que ha tenido España en toda su historia contemporánea fuera durante el Sexenio Democrático, Prim, Figueras y Pi i Margall.

– ¿Qué idea de nación tiene Pi y Margall?

Hasta finales del siglo XIX la idea de nación dominante aquí es contractual, de pacto de convivencia. España es la nación, el espacio político común, pero a su vez dentro del republicanismo esta nación se compone de unos antiguos reinos y provincias, que también son naciones como espacios culturales, históricos y políticos, a pesar de la ambivalencia del vocabulario histórico de la época. Es una idea muy presente en el republicanismo. En 1855 en el prólogo a Hojas de Hierba, Walt Withman habla de Estados Unidos como una “nación de naciones”, pero ya un año antes Joan Baptista Guardiola, un importante republicano federal igualitarista y socialista, pero bastante desconocido, describió a España como un “haz de naciones”, con muchas lenguas, culturas e institucionalidades que debían ser respetadas en su soberanía. La idea de España como “nación de naciones” suele atribuirse a Anselmo Carretero, un socialista segoviano del siglo XX, pero en realidad es bastante anterior a que él la formulase en el exilio mexicano.

– La I República acaba como el rosario de la aurora y el federalismo no vuelve a levantar cabeza.

El republicanismo federal se diluye y se transforma en muchas cosas. Pi i Margalll es en muchos sentidos el tronco del gran árbol de la libertad de las izquierdas españolas. Hay una gran parte del republicanismo federal que se puede encontrar en el anarcosindicalismo y que ya no habla de transformar el Estado, sino directamente de destruirlo y sustituirlo por otra forma de organización social basada en el trabajo y la libre federación. El mapa de la CNT se superpone casi completamente con el antiguo mapa del republicanismo federal en España. Otra parte de los antiguos republicanos federales llegan a la conclusión de que la oportunidad para cambiar el Estado español se ha cerrado, y evolucionan hacia proyectos nacionales alternativos o bien estos se ven profundamente impregnados por su legado histórico, como el catalanismo, el galleguismo o el andalucismo. En este sentido, la alternativa confederal/federal seguirá presente y viva en estos proyectos.

– El caso del nacionalismo vasco es sin embargo totalmente distinto, no hay ni rastro de republicanismo federal, pero al mismo tiempo tiene algo que me recuerda a lo que comentas sobre ese cierre histórico que se produce a finales del XIX con la Restauración. Es también la respuesta a una derrota política por modificar España, aunque en un sentido reaccionario. Una parte de los carlistas dan la batalla dinástica por perdida y evolucionan hacia un nacionalismo separatista.

La matriz del nacionalismo vasco es claramente distinta a la del catalanismo, el galleguismo o el andalucismo, que tiene el problema de no tener ni una lengua propia ni ser un antiguo reino, y que busca su legitimidad en la tradición de Al-Ándalus, cosa que lo convierte en un caso especialmente interesante en la reivindicación de una tradición cultural negada por el nacionalismo español basado en la Reconquista. En el caso vasco hay una negación de España que no existe ni en el caso catalán, ni en el gallego ni en el andaluz. El nacionalismo vasco se reivindica mucho más frecuentemente como independentista, otra cosa es lo que en realidad signifique esa independencia a partir de la reivindicación de los fueros. Si para los más radicales eso significa la independencia total, para los sectores más pragmáticos del PNV no pasa nunca del restablecimiento de los fueros entendidos como un nuevo pacto. La gran diferencia histórica entre el nacionalismo vasco y el catalanismo es que mientras el nacionalismo vasco tiene como principal preocupación que el Estado español respete sus derechos históricos, el catalanismo generalmente ha querido además de construir Catalunya también transformar España. Por eso el catalanismo es clave en el Pacto de San Sebastián y en el establecimiento de la Segunda República, y luego en la Transición en la elaboración de la Constitución de 1978. El País Vasco fue el territorio donde la Constitución tuvo menos apoyo en el referéndum, y el PNV no estuvo ni siquiera presente en la ponencia constitucional: pero se preocupó mucho de que los derechos históricos de los territorios forales quedaran bien recogidos en la disposición adicional primera. En Catalunya la participación en el referéndum y el ‘sí’ a la Constitución estuvieron por encima de la media española, y en la ponencia constitucional había dos parlamentarios catalanes. Es un escenario completamente distinto al actual de quiebra del pacto territorial del 78. Hoy el resultado de un referéndum sobre la Constitución en Catalunya sería totalmente distinto.

“Hasta el último tercio del XIX el republicanismo español asumía la idea de una República de soberanías compartidas”

 

– Volvamos a esa evolución de una parte del republicanismo federal al catalanismo.

Hasta la I República el proyecto político es la transformación democrática e igualitaria del Estado en el reconocimiento de las distintas soberanías territoriales, después del golpe que acaba con ella hay una parte de los republicanos federales que desplazan su espacio de acción política hacia el territorio y la construcción de la nación propia. En Catalunya es el caso de Valentí Almirall, uno de los padres del catalanismo. Su conclusión es que ha fracasado el proyecto para cambiar España, y que lo que hay que hacer es construir primero un espacio soberano catalán que luego desde ahí contribuya a cambiar España. Algunas de las interpretaciones históricas más generalizadas sobre el nacionalismo y los movimientos nacionalistas reducen todo a una cuestión de fabricación de mitos y tradiciones, y olvidan que detrás de apuestas como la de priorizar la construcción de una institucionalidad catalana hay razonamientos tácticos y estratégicos y proyectos políticos colectivos ante realidades que se niegan a aceptar la transformación.

– El PSOE sin embargo no viene de ahí. Hay momentos puntuales en los que va a abrazar el republicanismo federal, pero en general su relación con el federalismo va a ser siempre muy errática.

El PSOE bebe de dos grandes influencias ideológicas que son el krausismo de tipo organicista y el socialismo francés de Jules Guesde, que es la versión más mecanicista del socialismo de la Segunda Internacional. El PSOE de Pablo Iglesias llega a finales del XIX con una idea de Estado nación muy francesa que no tiene mucho que ver con España, y que puede funcionar en Madrid, pero que le convierte en una cosa muy rara, casi alienígena, en muchas partes de España, y sobre todo en un territorio como Catalunya. En este sentido los intentos del PSOE por implantarse en el principal centro obrero e industrial de España suponen un fracaso tras otro hasta la Transición y la fundación del PSC.

“La Segunda República es una nueva oportunidad de rectificar el Estado monárquico, liberal, centralista y oligárquico nacido en el XIX. Eso es lo verdaderamente importante”

 

– Azaña en cambio hace guiños al federalismo.

Azaña, como la mayoría del republicanismo español, cuando tiene que enfrentarse a la posibilidad real de construir la República, tiene que conectar con el legado del republicanismo federal del XIX, para recuperar le conexión con los movimientos que defienden naciones alternativas en España. La bifurcación posterior a la I República se debe cerrar aun sea momentáneamente. Por ello, tira de Pi y Margall, por ejemplo cuando dice ante las Cortes que en 1714, en la lucha contra los Borbones, el último defensor de las libertades catalanas lo fue también de las libertades españolas o cuando el Pacto de San Sebastián que trae la II República se basa en parte en el reconocimiento del derecho de autodeterminación. Hasta el último tercio del XIX el republicanismo español asumía la idea de una República de soberanías compartidas, una idea que resurge en 1930 con el Pacto de San Sebastián, entre los republicanos españoles, catalanes y gallegos.

– ¿Autodeterminación?

Autodeterminación sí, aunque en ese momento el proyecto no pasa por la independencia, pero sí que en el acuerdo alcanzado con el republicanismo español se hace un reconocimiento explícito de la soberanía de Catalunya. Lo que vienen a decir el pacto es que Catalunya elabore y vote su Estatuto y lo envíe a las Cortes españolas, y el Congreso ya verá si lo refrenda o lo rechaza, pero que no entrará a modificarlo. Para Francesc Maciá ese pacto convierte a Catalunya en un Estado soberano que libremente se federa con la República española, que es lo que expresa el proyecto del Estatut de 1931 y se puede reseguir en los primeros debates constituyentes.

– Ya, pero luego la realidad es otra. En las Cortes sacan la tijera, por ejemplo en el tema lingüístico y la escolarización en catalán.

En el libro discuto la idea de las renuncias del republicanismo catalán en la Segunda República, y sobre todo le resto importancia al famoso debate entre Ortega y Azaña sobre el Estatuto catalán. Un debate absolutamente magnificado después de la Transición por los herederos culturales del pensamiento orteguiano, que es muy nacionalista español y que leído en toda su extensión sonroja. Ortega apenas pinta nada en el Congreso, su partido tiene una representación muy inferior a la de ERC, y lo que de verdad se discute es qué van a votar Lerroux y el PSOE con respecto al Estatut. Cuando Ortega suelta un gran discurso filosófico, lleno de referencias al alma castellana, Azaña le llega a decir que el Congreso de los Diputados no es el lugar para hacer metafísica. La Segunda República es una nueva oportunidad de rectificar el Estado monárquico, liberal, centralista y oligárquico nacido en el XIX. Eso es lo verdaderamente importante y está enterrado bajo toneladas de literatura sobre el debate entre Ortega y Azaña, que silencia las voces catalanas y andaluzas que también se escucharon en aquel momento en el Congreso.

– Frente a quienes defienden el Estado federal se dice que el Estado de las autonomías funciona en la práctica como un Estado federal, incluso con más competencias en manos de la autonomías…

Es una retórica particularmente molesta que viene a dar a entender que todo está bien y no hay ningún problema. Comprendo que para una parte de la izquierda que en 1978 la apoyó, se podía creer que la Constitución podía ser el punto de partida de un desarrollo federal, que no se dio, pero equiparar a día de hoy el Estado de las autonomías con los sistemas federales es una idea falsa. La palabra federación solo aparece una vez en todo el texto constitucional, y es para prohibir expresamente la federación entre comunidades autónomas. La sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut en 2010 termina de liquidar la idea de que el Estado de las autonomías podía evolucionar hacia un Estado federal.

“Veo difícil caricaturizar el independentismo y el soberanismo catalán como un problema relacionado exclusivamente con el dinero y la financiación”

 

– ¿Cómo juzgas las voces que dentro del PSOE plantean una salida federal a la crisis territorial?

Para empezar creo que España vive ahora su cuarta crisis territorial, de la que Catalunya solo es una expresión. La primera fue el Plan Ibarretxe, la segunda el Estatut y el Procés, la tercera está siendo la revuelta de la España vaciada, y la cuarta va camino de que sea la Comunidad de Madrid. Frente a una problemática tan compleja creo que una parte del PSOE plantea su supuesta idea de Estado federal como cierre: pongamos en la Constitución los nombres de todas las autonomías y todas sus competencias. Pero de hecho, ir a un modelo más rígido, de lo que se ha llamado en algunos autores federalismo coercitivo por mucho que lo quieren revestir de la idea de cooperación, puede justamente conseguir lo contrario a lo que teóricamente se busca. Siempre pongo el mismo ejemplo. A principios del siglo XX en las fábricas de Ford los ingenieros tenían un problema con un eje de sus automóviles, que sistemáticamente se reventaban y cada vez con mayor velocidad por mucho que intentara reforzar la primera versión que se rompió. Ford les propuso que hicieran exactamente al revés, que probaran con uno más flexible del primero que se quebró. Funcionó.

“Por mucho sueño falsamente jacobino que se propugne, la realidad es que centralismo y neoliberalismo van de la mano”

 

– Eso supone hablar de federalismo asimétrico, algo que puede sonar muy bien en Catalunya, pero que en la España más pobre suena a insolidaridad de las comunidades ricas y recibir menos…

Eso supone hablar de los problemas de raíz, más allá del federalismo coercitivo, el asimétrico o la confederalidad. Igualdad y homogeneidad no son palabras sinónimas, como no lo son diversidad y desigualdad, de hecho a veces la igualdad sólo se garantiza a partir de la aceptación de la diversidad. La solución tiene que ser asimétrica porque el propio mapa territorial es asimétrico, con comunidades como Andalucía, y otras como La Rioja. Un conservador como Herrero de Miñón entiende mejor esto que algunos pensadores racionalistas cartesianos de izquierdas. España no es Francia, y la oportunidad para convertirse en Francia, homogenizando profundamente a la población bajo el mito de una “nación cívica”, ya pasó hace mucho tiempo. Hay cosas que en el siglo XIX se podían hacer, como eliminar de forma brutal la diversidad lingüística y/o nacional , que en el XX ya resultan mucho más difíciles. Buscar una aparente igualdad del mapa autonómico puede ser la principal fuente de desigualdad real.

– Insisto en el problema fiscal. En la España más empobrecida la imagen que se ha consolidado desde el pujolismo hasta el Procés que Catalunya siempre quiere más dinero, y eso dificulta mucho la construcción de alianzas. En las comunidades más pobres se ve al Estado central como un protector de la redistribución territorial de la riqueza. Es el discurso de los barones socialistas.

Veo difícil caricaturizar el independentismo y el soberanismo catalán como un problema relacionado exclusivamente con el dinero y la financiación. Esa creencia, absoluta en muchos ámbitos, ha llevado a pensar que se estaba ante un souflé sin más y el problema es mucho más profundo, es un problema de reconocimientos nacionales y, más allá, de soberanías. Eso no quiere decir que no haya un problema de recursos como expresa claramente el problema de la España vaciada. Hay un drenaje general de recursos desde las periferias al centro. La Comunidad de Madrid se ha podido permitir en algunos momentos grandes bajadas de impuestos y dumping fiscal con el resto de comunidades gracias a que sabe que tiene un Estado territorializado en el centro detrás y que, además, va a rescatarla si en algún momento quiebra.

Lo vimos con la deuda del Ayuntamiento de Madrid, que fue la verdadera razón que impulsó la Ley Montoro aplicada a los municipios, obligando a todos los ayuntamientos de España a hacer políticas de austeridad y amortizar obligatoriamente deuda, tuvieran o no superávit. Nuevamente vemos cómo una pretendida igualdad lo que hace es cargarse la autonomía de los ayuntamientos. Vamos a ver cómo se gasta el dinero que se recauda en España. Más o menos el 50% de la inversión pública sigue dependiendo del Estado, y las autonomías solo manejan al entorno del 35% mientras que los municipios se mueven en un 15%. ¿Qué competencias tienen transferidas las autonomías? Sanidad y educación, que son las que más inversión pública generan, mientras que el Estado que se queda más de la mitad de la capacidad de inversión pública no tiene este gasto finalista. Es más, en el modelo centralista de la aplicación de los recortes, ¿Donde obliga el Estado central a aplicar los recortes? En sanidad y educación. De nuevo, como en el siglo XIX, por mucho sueño falsamente jacobino que se propugne, la realidad es que centralismo y neoliberalismo van de la mano. Con esta distribución de recursos, además las comunidades no tienen margen de maniobra para políticas estratégicas de reindustrialización, transición energética o de lucha contra el despoblamiento… Se convierten en administraciones que se limitan a pagar las facturas de educación y sanidad, y poco más. Pero ante ello, la clave son de nuevo las soberanías, como muy bien se acepta cuando se habla de la construcción europea, a pesar de que se niega cuando se habla de la aceptación de la plurinacionalidad y la territorialidad.

– ¿Cómo haces compatible autonomía fiscal con solidaridad entre comunidades?

Fijando un porcentaje de la recaudación destinado a la solidaridad territorial. Eso no es incompatible, por ejemplo, con un concierto económico u otros modelos. El sistema autonómico español ya reconoce de hecho tres regímenes fiscales diferenciados, el de Canarias, el del País Vasco y el de Navarra, que, por cierto nadie cuestiona. Catalunya se retiró en 2014 del debate sobre la financiación autonómica y desde entonces no hay ninguna propuesta sobre la mesa. Pero repito, si nos obsesionamos en que todo gira sobre un problema meramente de financiación no se solucionaran la crisis que hay encima de la mesa. Su realidad esta muy por encima de las lógicas clásicas del Estado de las autonomías, como analizo en el libro.

“Los Borbones tienen una gran habilidad para generar repúblicas por sí solos prácticamente sin ayuda de nadie, pero hace falta también algún tipo de estrategia republicana conjunta”

 

– ¿Ves posible una alianza de la España plurinacional y la vaciada en esa pelea por transformar el Estado?

Existen vasos comunicantes y deberían poder coordinarse agendas. En 2015 y 2016 Podemos y las confluencias lograron un apoyo territorial muy diverso, ganando incluso en Catalunya, Euskadi y con resultados extraordinarios en Galicia, País Valencià, Madrid o las Islas Baleares, sólo por poner algunos ejemplos, porque, entre otras cosas, articularon un horizonte esperanza encarnado en la plurinacionalidad. Eso sigue allí y en las últimas elecciones gallegas y vascas, como antes en las últimas generales, se ha constatado que estamos intensamente en un momento de territorialidad y soberanismos, como se refleja en la fragmentación del actual Congreso de los Diputados. No hablo solo de movimientos nacionalistas. Pienso en Teruel Existe. También muchos españoles que se sienten como tales consideran que los grandes partidos nacionales ya no les representan. Es lo que intento explicar en los últimos capítulos del libro. Vox fue muy agresivo contra Teruel Existe porque, consciente o inconscientemente, su mera existencia niega una concepción de España donde el nacionalismo español sirve básicamente como una forma de drenaje de recursos. Las izquierdas españolas tienen que pensar por un lado cómo logran volver a representar esa complejidad y diversidad territorial y por otro que sólo en la alianza con sus expresiones políticas pueden ser verdadera alternativa a las derechas.

– Hay barones autonómicos del PSOE que se están dando cuenta de eso, y están marcando diferencias con el partido, territorializando el discurso, por así decirlo. Pienso en los socialistas del País Valenciá, Baleares o en Adrián Barbón, en Asturies, cosa que es muy novedosa para el socialismo asturiano.

Y también un parte del PP. Ahí está Feijóo que lo ha entendido perfectamente.

– ¿Puede ser el movimiento por la República una oportunidad para reencontrarnos en un nuevo Pacto de San Sebastián?

Los Borbones tienen una gran habilidad para generar repúblicas por sí solos prácticamente sin ayuda de nadie, pero hace falta también algún tipo de estrategia republicana conjunta con varios actores. Si no hay estrategia republicana, la indignación puede devenir en frustración. La batalla por un referéndum es para ahora, no para las generaciones venideras. A su vez, aquellos que quieran construir repúblicas en Catalunya, en el País Vasco o en Galicia tienen que entender que cualquier apertura constituyente que reconozca sus soberanías pasa por la transformación del Estado que puede ser querido o no, pero es un problema común. Sólo de la agregación de fuerzas diversas, con objetivos también diversos, se puede llevar a cabo una estrategia republicana que, más allá de mostrar quién tiene razón, sea capaz de transformar la realidad.

– ¿Y el PSOE?

Está condenado a elegir entre pactar con el PP o con los partidos republicanos y por tanto a aceptar que como más defensor de la monarquía sea, menos alternativa de gobierno real será. No parece que vayan a volver ni las grandes mayorías absolutas, ni que Ciudadanos vaya a ser una posibilidad solida con la que poder gobernar. Pero la pregunta que se deberían hacer todos no es hasta que punto el Estado es útil o no para la consumación de los distintos proyectos, sino cómo se debe transformar ese Estado para hacerlos posibles.

 

 

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