¿Un republicanismo trans-ibérico?

¿Un republicanismo trans-ibérico?

Con 600 millones de hispanoparlantes y 260 millones de habla portuguesa, las posibilidades del trans-iberismo son inmensas. Podría ser un antídoto a la internacional neofascista y contribuir a un nuevo orden menos imperial y más republicano.

A pocos días del 90 aniversario del 14 de abril de 1931, emociona leer el reciente ensayo de Ian Gibson, Hacia la República Federal Ibérica. Reflexión y sueño de un hispanista irredento. En él, el hispanista irlandés, biógrafo, entre otros, de Federico García Lorca y de Antonio Machado, recupera la necesidad de conectar el iberismo a un nuevo republicanismo capaz de estrechar vínculos entre los pueblos y gentes de toda la Península, pero también más allá de sus fronteras. 

En medio de la espesa niebla pandémica, el Iberismo puede parecer una empresa lejana a las preocupaciones actuales de la gente. No obstante, como el propio Gibson muestra, son cada vez más las personas que tanto en Portugal como en España consideran que un mayor conocimiento y una cooperación más estrecha entre los pueblos peninsulares comportaría ventajas innegables. De entrada, contribuiría a una mayor toma de conciencia de una riqueza lingüística, cultural, plurinacional, tan formidable como poco aprovechada. Asimismo, reforzaría el peso de los países del Sur en Europa y ofrecería –como se ha visto la propia negociación de fondos de recuperación– un saludable contrapeso a las grandes potencias centrales y nórdicas.

Junto a ello, existe sin embargo otra importante razón para rescatar la necesidad de un nuevo republicanismo ibérico, o mejor, trans-ibérico, para utilizar el término acuñado por el escritor José Saramago con el objetivo de incluir en él tanto a América Latina como a África. Y es que ese proyecto republicano aparece hoy como un eficaz antídoto al proyecto reaccionario, también transoceánico, con el que la extrema derecha pretende ganar influencia política y económica en lo que, de manera algo críptica, llaman la “iberoesfera”.     

Este último objetivo, defendido abiertamente por Santiago Abascal y sus adláteres, utiliza la vieja retórica imperial, autoritaria y nacional católica del franquismo. Pero se plantea recrearla, con la ayuda de fenómenos como el trumpismo, de la mano de personajes como Steve Bannon y de aliados como Bolsonaro, en Brasil, o como el fugado exministro golpista de Bolivia Arturo Murillo. Con el objeto de gobernar la “iberoesfera”, precisamente, la ultraderecha española ha impulsado iniciativas como la Fundación Disenso, cuyo objetivo sería combatir, a uno y otro lado del Atlántico, lo que con desdén denominan el “consenso progre”, un epíteto que en realidad incluye las grandes conquistas civilizatorias de nuestro tiempo, desde los derechos humanos y la defensa de la justicia social y ambiental, hasta el feminismo o el respeto por los derechos de las personas migrantes o LGTBI.

1- Las diferentes declinaciones políticas del iberismo

En un contexto de este tipo, un rescate del republicanismo iberista como el que plantea Gibson adquiere una importancia de primer orden. Ya desde la revolución francesa, el republicanismo de ámbito ibérico fue una pieza central de las iniciativas más modernas y vanguardistas que se fraguaron a ambos lados del río Tajo.

Fue en 1792, de hecho, cuando el abate sevillano José Marchena lanzó una primera propuesta de República federal ibérica que todavía hoy sorprende por su audacia. Y lo mismo puede decirse de las propuestas iberistas lanzadas durante la llamada Revolución liberal de Oporto de 1820 por progresistas portugueses que estaban en contacto con los seguidores de Rafael del Riego que luchaban contra el absolutismo de Fernando VII.

Algunas de estas iniciativas apuntaban a un Iberismo fusionista, moderado, partidario simplemente de reunir a Portugal y España bajo un único proyecto, pero siempre monárquico. Este fue el sentido, por ejemplo, de la iniciativa pionera apoyada por el diplomático catalán Simbald de Mas, quien en La Iberia, de 1851, defendió las ventajas económicas, políticas y sociales de la unión de las dos monarquías en un solo reino multinacional. Junto a estas propuestas, en todo caso, hubo otras más radicales y democráticas, directamente republicanas, como la que llegó a plantear la unión federada de siete repúblicas peninsulares, de las cuales cinco estarían del lado español y dos del portugués.

En general, cuando las ideas republicanas se abrían paso a ambos lados del Tajo, los proyectos iberistas, progresistas, cobraban fuerza, sobre todo porque la monarquía aparecía como un tapón para los avances científicos y para la democratización y modernización de la Península. Y a la inversa, cuando la monarquía se restauraba, iba acompañada de iniciativas anexionistas, como la que intentó impulsar Alfonso XIII de Borbón, o de alianzas reaccionarias, sin ninguna aspiración democratizadora, como las que establecieron Franco y Oliveira Salazar en el contexto de la Guerra Fría.

2- Los orígenes del republicanismo ibérico

A pesar de su escasa visibilidad presente, las iniciativas iberistas, republicanas, atravesaron la historia peninsular a lo largo de todo el siglo XIX. En pleno fragor de la revolución francesa de 1848, por ejemplo, ya había en París centenares de exiliados de toda la Península debatiendo estrategias comunes y organizando manifestaciones iberistas. Más tarde, y bajo el influjo aún vivo de la Comuna parisina de 1871, la Primera República Española de 1873 también dio pábulo a propuestas iberistas antimonárquicas, de claro contenido social y de inspiración municipalista, cantonal, federales y confederales.

“Hacia finales de siglo, la idea de un iberismo de los oprimidos fue cuajando en círculos socialistas y anarquistas de toda la Península”

Uno de los efímeros presidentes de la Primera República española, Francesc Pi i Margall, criticó en su libro Las Nacionalidades, de 1877, la política prepotente, agresiva y unitarista que la monarquía española había tenido con Portugal. En su opinión, y partiendo de ejemplos como el de Suiza, hacía falta un régimen confederal más que simplemente federal para que el país vecino aceptara algún tipo de unión ibérica. También el federalista y socialista cartagenero Fernando Garrido escribió por ese entonces un precioso libro –Los Estados Unidos de Iberia, de 1881– defendiendo el republicanismo ibérico como la única alternativa viable a la decadencia del régimen centralista y oligárquico de la Primera Restauración borbónica. Y algo similar ensayó el socialista portugués Sebatião de Magalhães Lima, quien en 1893 publicó en francés La Federación Ibérica, donde entre otras cuestiones describía un encuentro republicano e iberista realizado en Badajoz, con representantes políticos y de la sociedad civil de ambos lados de la frontera hispano-lusa.   

Hacia finales de siglo, la idea de un iberismo de los oprimidos, que incluyera a las clases trabajadoras y no simplemente a las élites, fue cuajando en círculos socialistas y anarquistas de toda la Península. Entre los más entusiastas había figuras como las del republicano federalista Teófilo Braga, quien antes de ser presidente de la República portuguesa en 1915 había escrito un prólogo para el libro Iberisme, escrito en catalán por el periodista y poeta Ignasi Ribera i Rovira. También formaron parte de estas corrientes artistas notables como Eça de Queirós o Antero de Quental. Este último, influido como muchos de sus coetáneos por el anarquismo de Proudhon y por el socialismo utópico, pronunció en 1871, en el Casino de Lisboa, una conferencia titulada Causas da decadência dos povos peninsulares nos últimos três séculos. En ella, identificaba los factores clave en la explicación del declive. La expansión ultramarina, que había favorecido el rentismo y el dinero fácil; la contrarreforma católica, con su carga de intolerancia inquisitorial; y el absolutismo monárquico, desde el de Felipe II –“verdugo de las naciones”– hasta el borbónico. A la “monarquía centralizada, uniforme e impotente”, Antero oponía la “federación republicana […] de todas las voluntades soberanas, ampliando y renovando la vida municipal, dándole un carácter radicalmente democrático, porque solo ella es base e instrumento natural de las reformas prácticas, populares, niveladoras”.

El vínculo entre ese republicanismo ibérico federal y las nuevas ideas socialistas y anarquistas no fue algo excepcional. En 1872, el propio Antero organizó la sección portuguesa de la Asociación Internacional de Trabajadores y se presentó a las elecciones como candidato socialista. Al calor de este clima político cultural se crearían también organizaciones como la Federación Anarquista Ibérica, de 1927, o la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias, de 1932.

3- Una Iberia republicana, federal y plurinacional

El propio poeta Fernando Pessoa, tan complejo en sus afinidades ideológicas, saludó a la República que en 1910 derrocó al rey Manuel II como un primer paso hacia lo que llamaba “la civilización ibérica”. Ese ideal, que dibujó en su texto “El problema ibérico”, exigía acometer algunos cambios inaplazables. De entrada, abolir la monarquía borbónica española, a la que detestaba. Segundo, impulsar algún tipo de articulación confederal de la Península en sus tres “nacionalidades esenciales”: Castilla, Catalunya y el Estado galaico-portugués con sus tres lenguas respectivas (Pessoa no mencionaba aquí a Euskadi, aunque también reconocía su especificidad nacional). Tercero, “expiar el crimen que cometimos al expulsar de la Península a los árabes que la civilizaron”. Cuarto, conseguir que España abandonara el “vasto sepulcro” de Marruecos, y Portugal sus colonias, a las que ya no tenía derecho.

Ideas como las de Pessoa y otros iberistas resonarían en muchas otras tradiciones republicanas peninsulares. Desde luego, en el republicanismo andaluz de Blas Infante, para quien era central poner en valor la herencia árabe “tolerante y de libre civilización”, como la describía Pessoa. También una parte importante del republicanismo gallego y catalán recibieron estas propuestas con entusiasmo.

Ramón María del Valle Inclán defendió siempre la idea de una federación ibérica. De hecho, propuso la división de la península en cuatro grandes zonas coincidentes con las que plantearon los romanos: Cantabria, Bética, Tarraconense y Lusitana, y sugirió que Bilbao, Sevilla, Barcelona y Lisboa fueran como capitales como Madrid. La primera Asamblea Nacionalista de Lugo, de 1918, proclamó abiertamente la necesidad de que las diferentes nacionalidades peninsulares fueran reconocidas “en una Gran Iberia”. La segunda, de 1919, pidió directamente que se anulara el pasaporte con Portugal. Y Alfonso Castelao, figura prominente del republicanismo gallego, defendió con igual entusiasmo el iberismo en sus reflexiones sobre “Hespaña” incluidas en su obra Sempre en Galiza.

“Valle Inclán sugirió que Bilbao, Sevilla, Barcelona y Lisboa fueran como capitales como Madrid”

En Cataluña, la idea de un iberismo republicano y plurinacional, superador del centralismo uniformista de los Borbones, se fue gestando a partir de escritos como el ya citado de Ribera i Rovira o los del poeta Joan Maragall, quien acompañó su Adéu a la España humillada en Cuba y Filipinas con un encendido Himne Ibéric que entusiasmó a Miguel de Unamuno, otro iberista convencido, aunque más cultural y “espiritual” que estrictamente político.

Las emociones positivas que el iberismo despertaba en muchos círculos republicanos eran tales que no sorprende que Francesc Macià, presidente de la Generalitat por Esquerra Republicana de Catalunya, proclamara en 1931 “la República catalana dentro de una Federación de Repúblicas ibéricas”. O que la propia Constitución de la II República concediera la doble nacionalidad a los lusitanos afincados en España, así como a los brasileños.

4- La transición a la monarquía parlamentaria y el olvido del iberismo

Tras la caída de la II República, la dictadura franquista recuperó las veleidades neocoloniales y nacional-católicas que habían entusiasmado a Alfonso XIII y marginó y reprimió a las tradiciones ibéricas. Franco y Oliveira Salazar, de hecho, no pasaron de celebrar en 1942 un escueto Pacto Ibérico que renunciaba a cualquier aspiración iberista, limitándose a resguardar las fronteras y a asegurarse la pervivencia de los dos regímenes dictatoriales.

Con el movimiento antifranquista, en cambio, las propuestas republicanas de alcance ibérico reaparecieron, sobre todo bajo el influjo de la Revolución portuguesa de los Claveles de 1974. Pero aquello duró poco. La transición de la dictadura a una monarquía débilmente parlamentarizada no tardó en desdibujar o minimizar estas iniciativas. Y no solo eso. A partir de los fastos del Quinto Centenario de 1492 y sobre todo de la llegada al poder de José María Aznar, comenzó a ganar fuerza un nuevo nacionalismo de Estado, españolista, neoliberal y dócilmente subordinado al Gobierno de los Estados Unidos, aunque furiosamente autoritario respecto de su pluralidad nacional interna y ferozmente neocolonial en su relación con América Latina y África.

Se planteó la necesidad de pensar una confederación Ibero-afro-americana de repúblicas comprometidas con relaciones económicas justas

Esta deriva, en todo caso, no se produjo sin resistencias. Hacia 1990, José Saramago decidió profundizar algunas de las ideas de Pessoa en un texto titulado “Mi iberismo” que incorporó como prólogo al prolijo libro Sobre el iberismo, y otros escritos de literatura portuguesa de César Antonio Molina. En su introducción, el autor de La balsa de piedra (A janglada de pedra) reconocía la existencia en Portugal de cierto recelo frente a la prepotencia española-castellana, mayor incluso que ante los abusos de Inglaterra o Francia. No obstante, consideraba que era imprescindible recuperar una perspectiva ibérica que impulsara un diálogo renovado, no ya solo entre dos Estados, sino entre todas las naciones y gentes peninsulares, como quería el propio Pessoa. Por otro lado, el futuro Nobel de Literatura se mostraba convencido de que ni Portugal ni España podían apuntarse a un europeísmo eurocéntrico y frívolo que acabara convirtiendo el “ser europeo [en] el toque final de la perfección y la vía ancha para la felicidad eterna”. Por el contrario, defendía la necesidad de volver “los melancólicos ojos hacia América Latina donde, a pesar de la cúpula magnífica de la lengua del imperio económico, se sigue hablando y escribiendo en portugués y en castellano”.

5- Hacia una red republicana fraternal y trans-ibérica

Estas reflexiones de Saramago sobre la necesidad de un iberismo democrático, transoceánico, continuaron en las décadas siguientes. Junto a su compañera Pilar del Río, estimuló estos debates no solo en la Península sino en los Foros Sociales que, a partir de 2001, se plantearon como contrapunto a los Foros de Davos, haciendo suya la consigna de que “Otro mundo es posible”. En estos Foros, Saramago discutió las potencialidades de este iberismo contrahegemónico junto a activistas y pensadores de izquierdas y anticolonialistas como el republicano gallego Xosé Manuel Beiras, el sociólogo Boaventura de Sousa Santos, la líder indígena y activista guatemalteca Rigoberta Menchú o el escritor Eduardo Galeano. En estos debates, el reconocimiento de una Iberia plurinacional y plurilingüe se mostró inescindible del reconocimiento de una América igualmente plural. Esto es, no exclusivamente hispano-portuguesa sino respetuosa de los pueblos originarios que antes de la llegada de Colón ya habitaban lo que el pueblo Kuna en Panamá y Colombia denominó Abya Yala (Tierra Viva o Tierra en florecimiento).

Este debate sobre la pluralidad nacional no sólo de la Península sino del propio continente americano se plantearía con fuerza, años después, en países como Bolivia, Ecuador o México. Pero no se agotaría en una discusión puramente cultural. Vendría acompañada, también, de una crítica al neocolonialismo económico impuesto por ciertas oligarquías políticas y económicas del Norte aliadas con otras del Sur. A partir de este debate y de la aparición de nuevos movimientos sociales que denunciaron esta realidad, se planteó la necesidad de pensar una comunidad, una confederación Ibero-afro-americana de repúblicas no solo con intereses culturales compartidos, sino comprometidas con relaciones económicas justas, no depredadoras y ecológicamente sostenibles.

Con unos 600 millones de hispanoparlantes en el mundo y unos 260 millones de habla portuguesa, las posibilidades del trans-iberismo son hoy inmensas. De hecho, no solo podría ser un eficaz antídoto a la internacional neofascista con la que sueñan los Bolsonaro, los Trump o los Abascal de turno. También podría contribuir a la construcción de un nuevo orden global menos imperial, menos colonial, más policéntrico y más republicano, a la altura de los tiempos.

Como bien recuerda el estimulante ensayo de Gibson, un nuevo republicanismo transibérico está lejos de ser una causa perdida. No solo porque sus partidarios crecen en toda la Península, sino porque podría ser el embrión de una prometedora Matria –más que Patria– ibero-afro-americana. Esa nueva “terra da fraternidade”, capaz de conectar el Mediterráneo con el Atlántico del Norte y del Sur, resultaría –qué duda cabe– tan inspiradora como la evocada por Grândola, vila morena en los inolvidables días de la revolución de abril de 1974.

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